Mientras varias personalidades y liderazgos en el mundo y al interior de la propia Unión Americana han expresado su rechazo hacia las medidas impulsadas por el recién instalado inquilino de la Casa Blanca, tampoco podemos perder de vista que los niveles de respaldo hacia Trump incrementaron considerablemente. Por ejemplo, en la elección de 2016, Donald derrotó a Hillary Clinton al obtener el voto de 306 delegados del Colegio Electoral; por su parte, la entonces candidata obtuvo 232. Sin embargo, con respecto al voto popular, Clinton conquistó el 48.17% de las preferencias y Trump el 46.15%.
En 2020, Joe Biden se convirtió en presidente al lograr 306 votos contra 232 del candidato republicano. La diferencia en el voto popular fue de casi cinco millones de sufragios a favor del demócrata. Ya en 2024, Donald Trump alcanzó los 312 delegados frente a los 226 de Kamala Harris; además, los electores le concedieron, por primera ocasión, una votación mayoritaria a Trump con el 49.8% contra el 48.3% de quien fuera la primera vicepresidenta en la historia de dicha nación.
Así, a diferencia de las monarquías y de las dictaduras que atribuyen su autoridad a un respaldo divino o derivado del uso de la fuerza, el poder de los mandatarios emanados de procesos democráticos, con todos sus altibajos, surge de sus ciudadanos. Precisamente ahí reside la enorme importancia del incremento en las preferencias electorales a favor del actual presidente de Estados Unidos y, a su vez, nos da mucho en qué pensar.
Y es que, contrario a lo que pudiéramos suponer, el poder público no es un ente ajeno a la sociedad. Tampoco se trata de un elemento para uso exclusivo de los gobernantes, es decir, de los consumidores del poder. Si bien es cierto, el poder se divide en tres para su ejercicio (como bien lo propusieron Locke y Montesquieu), sin embargo, surge de la suma de voluntades, ¡de nuestras voluntades!
El propio artículo 39 de la Constitución Política de nuestro país lo señala con suma claridad: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste…”. Por tanto, como ciudadanos debemos de convencernos y hacer nuestra la convicción de que los consumidores del poder son tantos que hasta sobran; pero ellos, aunque a veces se les olvida, se deben a nosotros: los generadores del poder.