La intención de la administración cardenista era buena, sin embargo, nunca han bastado (ni bastarán) las buenas intenciones, se requiere de decisiones sólidas, bien pensadas, viables. Sobre todo, se necesitaba de un plan estratégico a mediano y largo plazo.
En aquella época, eran menos de 20 millones de mexicanos. De acuerdo con una investigación de la UNAM, aproximadamente el 35% vivía en zonas urbanas y el 65% restante en áreas rurales. La población ocupada se distribuía: 65.4% en el sector primario, 12.7% en el secundario, y 19.1% en el terciario.
Para los años 60, prácticamente la mitad de la población ocupaba la mancha urbana, mientras la otra residía en las zonas rurales. Para entonces, los mexicanos económicamente activos se dedicaban: 54.2% al sector primario, 18.9% al secundario, y el 26.1% al terciario. Ya para el nuevo siglo, con más de 70 millones de habitantes distribuidos en el territorio nacional, 74.6% en las urbes y 25.4% en el campo, las cifras se habían invertido drásticamente: 15.8%, 27.8%, y 53.4%, en los sectores primario, secundario y terciario, respectivamente.
Reitero: la aspiración de Cárdenas fue buena, pero faltó mucho para consolidar a la industria nacional. El paternalismo y el excesivo proteccionismo privaron al mercado no sólo de diversidad en la oferta, sino de calidad, mejores precios y mayor presencia internacional. Así, los modelos económicos aplicados desde la administración de Manuel Ávila Camacho hasta el último año de gobierno de José López Portillo sepultaron a México en los últimos lugares del desarrollo económico y, en consecuencia, bienestar social y progreso democrático.
La adopción de medidas económicas, políticas y jurídicas que abrieron las puertas de México al mundo y expandieron la presencia de los productos nacionales en la esfera terrestre provocaron que el sector especializado en servicios resultará altamente productivo, así como que la industria manufacturera logrará alcances nunca vistos, sin embargo, la industria nacional es una deuda que se mantiene vigente, tanto o más como la diversificación de los productos e inversiones mexicanas a lo largo y ancho del mundo, más allá de la visión simple y miope hacia los vecinos del norte. Porque invertir en México significa invertir en ti, en todos los sentidos imaginables.